Elizabeth Siddal (1829–1862) ha sido recordada como una de las figuras enigmáticas del movimiento prerrafaelita. Su rostro, melancólico y etéreo, encarnó la estética de una generación de pintores, pero su presencia en la historia del arte va mucho más allá de su rol como modelo. Elizabeth fue también una poeta cuya obra, breve pero intensa, anticipa en más de un sentido la fatalidad que marcó su existencia.
Esposa del pintor y escritor Dante Gabriel Rossetti, Elizabeth Siddal fue mucho más que su musa: fue una creadora. Su relación con Rossetti estuvo marcada por una tensión constante, debido al ánimo depresivo de Elizabeth pero, muy probablemente, por la inestabilidad emocional del artista. Él la pintó muchas veces, hasta fijar su imagen como un ícono prerrafaelita.






En 1862, Lizzie puso fin a su vida. Devastado por la pérdida, Rossetti sepultó junto a su cuerpo un cuaderno que contenía poemas y sonetos dedicados a ella. Años más tarde, este manuscrito fue recuperado y publicado bajo el título The House of Life (La Casa de la Vida), un gesto tan romántico como macabro que ha pasado a la historia del arte victoriano.
A continuación, comparto uno de los poemas más memorables de Elizabeth Siddal. Otoño (Autumn) figura en la antología Poems of Elizabeth Siddal, publicada en 1978.
Se trata de una elegía breve y conmovedora, donde la muerte y la estación del declive se funden en una escena cargada de imágenes simbólicas. El otoño es una presencia, un amante perpetuo que acompaña incluso en la muerte. Las hojas cubren la tumba reciente y la voz, resignada, extiende sus manos llenas de espigas, pidiendo el olvido, deseando el reposo.
Feliz equinoccio otoñal desde el cono sur!
Otoño, de Elizabeth Siddal
Las hojas de otoño están cayendo, sobre la reluciente tumba, donde la hierba alta se inclina para oír el murmullo incesante de las olas.
Maduro otoño, aquí estoy con mis espigas en cada mano; pronuncia la palabra que me libera, sólo el reposo parece bueno para mí.
Autumn leaves are falling
About her new-made grave
Where the tall grass bends to listen
To the murmur of the wave.
Laden autumn, here I stand
With my sheaves in either hand;
Speak the word that sets me free,
Naught but rest seems good to me.
(Traducción libre)


